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Quorum para este fin de semana: uno, o sea que tengo vía libre para irme donde me dé la gana sin tener que dar cuentas a nadie. Bueno, eso es la teoría, en la práctica siempre hay alguien que te espera y no puedes fallar; tampoco tengo bici para según que cosas, más bien para ninguna, el listón ha bajado escandalosamente con la de repuesto. Ante tales premisas y tras algunas cábalas me decidí a ir a hacer algunas averiguaciones para comprobar si era capaz de llegar al Coll de sa Basseta sin tocar asfalto, al menos sobre el papel era posible.

Primer paso, ses Rotgetes. Técnicamente no hay asfalto, ruedas por el carril bici hasta el Parc Bit, te desvías hacia Son Maiol y subes hasta la urbanización. Hasta ahí todo correcto. Subo a la calle 29, y digo subir por no decir escalar (al menos así lo llaman en la tele, escaladores) porque las cuestecitas se las traen. Una pared con rejilla y bastante alta cierra la entrada a campo abierto por lo que hay que buscar alternativas, o sea, entrar a lo bruto aunque veo que no soy el primero en colgarme por los alambres. Encuentro rápido lo que busco al otro lado y bajo patinando hasta la caseta de cazadores y giro a la derecha por una pista llana donde me encuentro la primera barrera, una cosa cutre que me barra el paso y lo único que me indica es que no me quieren ver por allí. Muy cerca se encuentran las casas pero hay vehículos y no puedo cruzar así que las rodeo, me alejo pero no puedo salir, una barrera motorizada me lo impide. Me podría extender en detalles pero la conclusión es que tuve que saltar dos rejillas consecutivamente para salir de allí. Salgo al kilómetro ocho de la carretera y la premisa de no tocar asfalto se ha ido al carajo pero no puedo volver atrás así que sigo dando pedales intentando consolarme.

Al pasar por delante de un cartel que pone “Parcelación Son Bauzà” no me lo pienso y tiro para arriba, debería haber llegado por el primero de los cruces pero eso lo supe a posteriori y además falta confirmación, pero voy subiendo despertando el ansia salvaje de todos los perros de la zona, ¡qué pesados!. En la bifurcación de arriba tiro a la derecha pero salgo del asfalto en la próxima curva. Pista de asfalto viejo que probablemente tapa un antiguo camino de carro que sube hasta lo alto de la montaña pero las pocas vistas y las zonas de basura de obra que me encuentro no me alegran el día. El croquis que llevo tampoco me saca de muchas dudas así que no tardo en largarme no sin antes comerme una ración.

Al volver al vial sigo subiendo a sabiendas de que no habrá salida. Unas cuestas más y ya estoy arriba. Despacho al perro pejiguero (l.l.) que me da la lata y doy unas vueltas por el bosque. Una construcción camuflada allí dentro espera el día de la piqueta, si es que la descubren. Vuelvo hasta el cruce y sigo por el otro vial, no tiene salida pero queda muy cerca del final de otro ramal así que voy para allá, hay una casa en medio (y una buena cuesta antes y me la chupé con el veintiocho por tonto) y cómo no, una pared con rejilla hasta arriba y unas pistas al otro lado que me despistan. Tomo nota y continúo. Rodeo la casa pero en lugar de tirar por el vial me adentro por el pinar hasta encontrar otra casa, y otro perro, faltaría más, que me cierra el paso. Harto de bosque me paro en una mesa de picnic que hay por ahí a merendar y así darme cuenta de que tengo el vial a cincuenta metros, lo que me lleva a la carretera en un santiamén. Todo lo que he hecho hasta ahora solo para ahorrarme dos kilómetros de asfalto, a veces vale más ir solo.

Pero me queda la segunda parte de la ruta, la del otro lado de la carretera y pasamos al segundo croquis. Parece bastante fácil pero a los cien metros ya iba despistado. Al final del vial me encontré un magnífico camino de carro, un poco sucio pero de buen firme que me dio buenas sensaciones desde un principio. Tiene algún tramo donde necesitaba más tracción y potencia por eso empujé más de lo necesario aunque no mucho, tampoco es que tuviera el mejor día. Magnífico recorrido, largo y completo, tanto de subida como de bajada que hay que volver a experimentar.

A medida que voy subiendo me voy dando cuenta de que no se dónde estoy. Ni siquiera cuando llego arriba donde está más despejado se disipan las dudas, es más, aumentan, no reconozco los lugares. Cruzo una barrera, dejo un desvío hacia una casa y prosigo en lo que creo que es la dirección correcta por eso cuando la pista gira en sentido contrario me paro un poco a descansar y acabarme lo sólido que llevaba para volver atrás dejándome llevar por el instinto. Otra pared aparece con un portillo tapado por palés que desmonto para poder pasar dado lo precario del invento. No me detengo lo suficiente delante de un tinglado que aparece para saber lo que es, la visión de unos huertos y unas casas me puede más y tiro para abajo, aún así tengo que sortear dos barreras más antes de salir a campo abierto mientras el camino me conduce directo a una casa. Al rodearla sale la dueña de un portal y toda amable ella me dice que no me conoce, que de dónde soy. Ése fue el principio de una grata conversación donde no hubo ni un reproche siquiera, hasta me invitó a cerveza fresca preocupada como estaba por si el agua de la mochila ya estaba caliente y me dio algunas indicaciones interesantes sobre el lugar.

No podía continuar la exploración, debía volver sin tardanza, pero estaba ya muy cerca del final, acabar hubiera sido un buen colofón, lo haré otro día y procuraré hacer el camino en sentido inverso (con permiso de la madona) cuando pueda disponer de la doble, de la que por cierto, aún no sé nada. Y quizás busque también el camino de Miralles, cuando los burros lo hayan terminado de limpiar. ¡Que tiempos aquellos!.


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