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Parón navideño

Como era de suponer en estos dias hay muchas cosas que hacer. Digamos que son “fiestas de guardar”, de las de antes, de toda la vida. Numerosos compromisos nos requieren, y hasta nos agobian. Por mi parte procuro disfrutar de la compañía de mi hija (cuando no duerme) que ha vuelto de Lisboa, donde ha ido de Erasmus para estudiar allí tercero de Psicología. De todas maneras ya me ha dado la sorpresa: se va a pasar el fin de año a Egipto en un viaje programado con los compañeros de estudios.

Aparte del estrés típico de estos días, donde la mitad de Palma se concentra en las Avenidas, Corte Inglés y Carrefour, además llueve. Y no para. Lluvia contínua a la que no estamos acostumbrados (esto no es Galicia), pero que parece muy beneficiosa para el campo y no digamos para los acuíferos, donde seguramente se producirá una recuperación de muchos metros. Tengo una amiga que trabaja en la concesionaria de Marratxí y creo que podré recabar ese dato. Hasta es posible que broten ses Fonts Ufanes. Ayer podría haber salido. El tiempo era bueno al principio, pero tenía cosas que hacer. Los Toys parece que también. Pepe también; salía hoy por la Comuna pero él debe tener traje de neopreno y así cualquiera. Partió un buen grupo junto con una representación de los Tira-tira por Na Burguesa. Espero salir al menos el martes ya que la semana pasada tampoco salí ni el sábado ni el domingo, aunque la previsión del tiempo no es halagüeña.

El sábado porque la salida era por Aubarca y me da una pereza impresionante ir hasta allí. Hasta cuando es por motivos de trabajo procuro escaquearme. Y el domingo, que tenía pensado salir sólo ya que tenía que acompañar a mi hijo a Bunyola y preferí no quedar con nadie a una hora determinada, me levanté con resaca, con dolor de cabeza y mareado. Pero si no bebo. La verdad, no se a qué se debió. Quizás algo caducado que tomé para cenar. Quizás debería sacarme el tapón que tengo en el oído derecho. Una vez lo intentaron pero no salió.

Creo que solo me queda desear felices fiestas a todos. Pero ¿realmente estamos necesitados de que nos las deseen o es que sólo queremos ver a dos palmos de nuestras narices? Podemos hartarnos de cosas materiales y seguir infelices como antes, mientras una gran parte de la humanidad lloraría por un plato de arroz al día. Y eso sí sería llorar de felicidad. Hagamos un esfuerzo y recordemos cuándo fue la última vez que lloramos de felicidad.


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